EL NEGRO UN PROBLEMA DE MEMORIA

Esta exhibición nace desde la inquietud producida en los registros fotográficos del territorio marciano extraídos de los archivos alojados en la Mars Exploration Rover Mission Web de la NASA. Registros donde emerge la anomalía fotográfica como figuras geométricas negras que omiten el contenido visual de la imagen,  fuga de datos que insinúa el vacío como objeto censurador. La muestra introduce un enfoque distópico en un ambiente siniestro influenciado por el cine ficción, donde el cuestionamiento en torno a los sistemas autómatas de información y control implicando al “color” Negro como un problema de memoria, donde no hay memoria (vacío) nada sucedió nunca. Dejando entrever una problemática presente en la imagen digital, tanto en la sobre reproducción, desgaste y manipulación, significantes que contribuyen a desplazar y ampliar la conceptualización de la idea de ruina en la actualidad.

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INTERRUMPIR LA MEMORIA

Patricio Alvarado Barría

El Jet Propulsion Laboratory (JPL), operado por el Instituto de Tecnología de California (Caltech), se ha dedicado a la exploración del universo, a partir del lanzamiento en órbita del primer satélite estadounidense –Explorer 1– en 1958. Si bien sus orígenes se remontan hacia un par de décadas de anterioridad, en lo sucesivo se ha transformado en un importante centro de investigación para la NASA. En El negro, un problema de memoria las cientos de imágenes digitales que José Ulloa-Acosta proyecta sobre un telón, a lo largo de un loop que se repite sin pausas, pertenecen a una base de datos virtual del JPL; las cuales corresponden a fotografías capturadas desde un dispositivo remoto durante una exploración a Marte. Se trata de un conjunto fotográfico en donde se observa el paisaje inhóspito que representa dicho planeta –que bien podría ser el desierto de Arizona, Atacama o un estudio televisivo–, las que componen una colección de panorámicas de un terreno baldío e inabarcable, en cuya escenografía figura parcialmente, además, el propio vehículo desde donde se acciona el dispositivo. Sin embargo, estas imágenes no se logran visualizar en plenitud debido a la pérdida de información que sufre cada archivo, lo que se expresa a través de oscuros espacios rectangulares, y que a su vez se distribuyen heterogéneamente en todo el conjunto. Estos dan cuenta de la interrupción del flujo de la información; es decir, de la alteración del índex en la memoria del dispositivo que almacena datos en un búfer, pero que se registra como una falla o anomalía fotográfica. Reflexión que encuentra lugar en la censura que el artista imprime sobre un texto alusivo a las políticas de uso respecto del material del JPL disponible en su página web. Mientras tanto, al interior de tres dispositivos de almacenamiento, que operan como archivadores en medio de la sala, se almacena la reproducción de estas imágenes bajo el formato de postales, como si se tratase de gavetas disponibles para su consulta, desde donde las cientos de copias son liberadas simulando la desclasificación de documentos. Esta saturación, y posterior viralización, incita a desconfiar de la propia imagen –resultado de la exploración interplanetaria– como certificado, y su censura encierra aquello a lo cual nunca podremos acceder. En este sentido, aunque la confección de una postal incorpora la idea de souvenir, en este caso el objeto insiste majaderamente en su deslocalización, y no logra satisfacer la ansiedad de quien consume estas imágenes, pues aparentemente no hay nada más que mostrar. En consecuencia, los archivadores se presentan como una extrañeza, remitiendo al montaje del cine de ciencia ficción y proyectando la expansión del espacio hacia diferentes puntos del universo a partir de su estructura rectangular. A pesar del acopio y su disponibilidad, la memoria del dispositivo opera a una escala distinta del humano, almacenando el ruido en un continuo proceso donde el sonido se distancia de la localización de un paisaje que parece incluso familiar porque así lo hemos visto innumerables veces, pero que nunca logra aparecer en su magnitud, puesto que su extensión, por muy vasta y remota que parezca, se acumula automáticamente transgrediendo las barreras físicas. En otro extremo de la sala, se observa la fotografía del casco agrietado de un astronauta, que se ilumina desde el interior de una caja, confrontándose ilusoriamente en la medida que la manipulación de la fotografía se confunde con el verosímil que propone el artista. Grietas imposibles que sitúan la vulnerabilidad del referente desde sus fisuras. Más allá de pensar en la pérdida como distopía, la falta que se reitera en la colección de fotografías es una interrupción que visibiliza un accidente controlado. Cabe recordar la frase irse a negro; en suma, perder la memoria porque el sujeto carece de la percepción necesaria para mantener el control, sea o no por voluntad propia, dejando tras de sí segmentos irrecuperables que alteran el cotidiano. A diferencia del fade out televisivo, empleado para fundir en un opaco espesor la escenografía y sus actores, quienes reaparecerán en pantalla una y otra vez. En cuanto a las fotografías del JPL, la memoria del dispositivo registra una falla que muta, cambia de lugar,se compone de rectángulos que ocultan la superficie como un gran pixel en donde la información no se pudo transmitir con éxito; mientras el autor corporativo administra la anomalía clausurando su acceso, el negro ya no figura como pérdida, al contrario, como aquello en donde la única interrupción es la memoria que permanecerá acumulada

más allá del tiempo y el espacio.